Comparto el siguiente link: http://www.semanariouniversidad.ucr.cr/index.php/mainmenu-opinion/2784-dilema-en-ciencia-y-humanidad-.html
Ahora sí, una vez leído esto, hago mi comentario, esperando los suyos, o por lo menos, una reflexión sobre la cuestión.
El tema me parece relevante, además de que es una inquietud que he venido teniendo en los últimos meses.
¿No parece la ciencia una nueva religión? ¿No está exigiendo de sus adeptos una actitud igual de dogmática que la que exige la fe? ¿No tiene también profetas para el universo y fábulas acerca del origen de todo?
Esto no es una defensa de la fe, pero sí un ataque al teoricismo (si tal término existe), es decir, a esas ganas de contar una historia con otro lenguaje, pero que viene a ser ficción, igual que el mito.
Muchas de las teorías físicas, por ejemplo, solo son sostenibles desde un paradigma muy cerrado. Fuera de él, o cuestionando el más mínimo postulado, se cae todo. Pero hay que creerlo, porque sí, porque la ciencia es nuestro nuevo sostén. Porque en medio de tanto relativismo algo debe darnos sustento, aunque sea la Teoría de la Relatividad, imposible de comprobar con hechos, pero que, irónicamente, nos dice que hasta el tiempo, principal recurso nuestro, es relativo.
Las bases sobre las que se sustentan los axiomas científicos son no solo oscuros para el resto de los mortales, sino, en muchísimas ocasiones, para los mismos creadores. Casi todo queda en puntos suspensivos y, ante tal hueco, una teoría postula un final decente, como para no tirar a la basura tanto esfuerzo y no dejar mal parado a nuestro género humano. Sí, rellenamos los vacíos. Lo mismo que el dogma y el mito.
Y no juzgo a la ciencia, ni a quienes, de buena voluntad, escarban en lo hondo de su imaginación o de sus estructuras paradigmáticas para hallar una respuesta. Esa es nuestra naturaleza, la incomodidad. Pero pareciera que nos da horror el absurdo del mundo, la carencia de respuestas absolutas.
Seguimos pretendiendo ser el centro del universo. Antropocentrismo no superado y heredado de la religión. Sabemos que no somos el ombligo de la existencia entera, que somos seres diminutos, de un planeta enano, de un sol casi inexistente, del brazo más pequeño de la galaxia más escondida del universo. Siendo tan insignificantes, ¿cómo pretendemos encontrar una respuesta que lo encierre todo?
La teoría cumple una función importante, cierto. Nadie quiere flotar en una nebulosa de dudas sin rumbo. Nos gusta el suelo firme. A nuestro planeta, mayoritariamente acuático, le hemos llamado Tierra, pues no nos gusta naufragar. Pero, la teoría es algo transitorio, un consuelo, algo pasajero que usamos mientras encontramos algo más firme y comprobable. Toda teoría debe ser superada, por otra teoría o, mejor aún, por la realidad misma (solo que nuestra percepción de la realidad siempre es limitada, he ahí nuestra paradoja). Por tanto, la recepción de una teoría no requiere una actitud de aceptación pasiva, sino un verdadero espíritu de duda, de incomodidad.
Asumir que un paradigma lo encierra todo, además de peligroso, sería insano para la naturaleza inquieta del ser humano. La idea de que ya no haya más que buscar es tan aburrida como la del Cielo, donde no hay emociones y ningún acontecimiento.
El mundo es una gran interrogante, sí, vaya perogrullada, pero la reafirmo para que la mastiquemos más. No digo que el mundo parece una gran interrogante, sino que (quizás) lo es. El mundo no es respuesta, es pregunta. Nosotros buscamos respuestas, pero no las vamos a encontrar, por lo menos no las absolutas, sino unas ilusorias. No debemos, por tanto, olvidar que tienen ese carácter ilusorio, que las necesitamos para tener una base, pero que no son definitivas, sino que tienen un fin utilitario, no absoluto. Si olvidamos esto último, caeremos en dogmatismos, que derivarán en totalitarismos (ay de quien no dijere "amén").
¿Quién dice amén a esto? Espero que nadie.
Comentarios sobre literatura, pensamiento, realidad, cultura y cuanta cosa me encuentre por ahí y se me ocurra interesante compartir. Por Rodrigo Alonso V.D.
domingo, 15 de agosto de 2010
sábado, 7 de agosto de 2010
Contemplo

Helo ahí. Y heme aquí. ¿Y qué hago yo?
Llevo minutos, largos minutos, observándole.
Ayer estaba ciego, cosa trágica pero remediable para quien encontraba en su carencia su sustento.
Pero hoy es también un cojo.
Sus ojos ya no sirven y ya no tiene piernas.
Y nuevamente se planta ahí a luchar. ¿Luchar por qué? ¿Por esa vida miserable? Y sí que lo es; él sabe que lo es. Ayer suplicaba a gritos por una limosna y hoy solo permanece callado, con la mano semiabierta, esperando los cincos que le permitirán continuar con su existencia.
¿Por qué esa su insistencia en vivir? ¿Vale la pena esa clase de vida más semejante a la muerte? ¿Es él quien elige vivir? ¿O son otros, debido a su inmovilidad, quienes lo traen y viven a costa de él? ¿Otros, quienes lo mantienen apenas respirando para que suscite a la compasión y ser ellos quienes vivan? De ser así, ¿cómo podría, de quererlo, renunciar este ¿hombre? a eso? ¿De dónde sacará fuerzas de su medio cuerpo para eliminarse?
Quizás por la ley del mínimo esfuerzo.
Quizás.
Pero, ¿qué hay de mí? ¿Qué me ata a él? ¿Por qué desperdicio mi tiempo tan vital, tan ocupado, tan valioso, en mirar esa cosa que aún no sé por qué llamo hombre?
¿Y qué son estas líneas? ¿Por qué estas líneas? ¿Qué pretendo conseguir con ellas?
No lo sé. No sé por qué le tengo tanta dedicación a este sujeto (y a él más que nadie le calza lo de “sujeto”, pues está atado a su obstinación). No sé ni qué es esto que he pensado y luego escrito. No es un trabajo periodístico, ni un relato, pues aquí no hay historia alguna. Es a lo mejor una contemplación; algo así como los apuntes de la impresión que deja el mirar una obra artística. Y ciertamente eso contemplo yo, solo que es una obra maltrecha, pero no destruida, como la ruina viviente de algo que pudo ser glorioso. Y me pregunto quién habrá sido su escultor. ¿Dios, ese hombre o yo mismo? ¿O los tres?
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