miércoles, 28 de julio de 2010

De profesión, payaso

Como todo profesional, antes de comenzar a trabajar, Maurice se viste de la mejor forma. Más aún, pues para él, cada trabajo es una celebración. Por eso, frente al espejo, alista sus mejores galas: pantalón de vestir, camisa de botones, chaleco, corbatín, saco, sombrero y zapatos.
Sólo que el pantalón, algo roído, le llega hasta el pecho; el chaleco rojo es ridículamente diminuto; el saco, de color negro y corte tipo chapulín, le llega hasta las pantorrillas; el diminuto sombrerito tipo Chaplin está ladeado y enmarca una cabellera de pelo natural que deja entrever unas franjas canosas (“Son highlights tipo schnauzer”); finalmente una barba negra contrasta con la prominente nariz roja; sin faltar los enormes zapatos coloridos. Todo un payaso.
“Un international clown, por favor,”
–Su nombre completo:
“Maurice Chaqueton Delacroix.”
–En español…:
“Morís Chaquetón de la Crua”
–¿Y cómo se describe?
“Primero, soy súper divino (con acento fresa), por eso me duele la cara de ser tan guapo. Es más, cuando llegue a Estados Unidos la gente me verá y cantará “Simply Irresistible” (corea el estribillo de la canción de Robert Palmer del mismo nombre). Además, es importante señalar que soy troglodita”
–¿Troglodita?
Sí, claro, porque hablo varios idiomas.
–Políglota…
“Sí, eso, troglodita”
–Eso pareciera haberlo dicho Don Ramón, de la serie “El Chavo del 8”.
Naturalmente, es mi personaje favorito. Me encanta Ron Damón.

Biografía de una fantasía
Maurice, el payaso, interpretado por Maurice Sagot.
“Soy el único payaso que utiliza su nombre real de pila como nombre artístico.”
Sagot, el hombre, comenta que eso es dado a que “Maurice soy yo.”
Un publicista que hace quince años decidió dedicarse a la carrera de entretener a la gente. Aunque al principio no lo hacía a tiempo completo, actualmente este oficio basado en el humor y la fantasía es la principal fuente de ingresos de su familia, al punto de que su hogar y todo lo que en él hay, junto a la manutención de su esposa y dos hijos, corre por cuenta de los activos que genera Maurice, el payaso.
“Pero no lo hago por dinero. O sea, es claro que vivo de esto, pero antes hacía otras cosas, como trabajar en publicidad, empleo que genera buenos ingresos. Pero desde que descubrí que podía hacer reír a la gente, me enamoré de esa sensación y eso es lo que hago. Ser payaso es un oficio con trascendencia, no se tiene idea de cuánto”, es lo que asegura Sagot con mucho orgullo.
Su inicio en el mundo de las risas fue fruto de una campaña publicitaria que diseñó para una compañía de payasos llamada “Paraguas Rojo”, la cual era liderada por el hermano de Sagot, Jean Paul.
La campaña dirigida por Sagot le permitió acercarse más al oficio de su hermano, al punto de que éste le insistió para que se transformara en uno, cosa que no fue difícil de conseguir. Sin embargo topó con distintas dificultades en su inicio. Una de ellas fue la del qué dirán, pues Sagot era publicista y el estatus que generaba su nuevo empleo como payaso era muy distinto del que conseguía como director creativo de agencias. Hoy en día asegura que no le afecta en lo absoluto.
Otra prueba fue la de la imagen de su alter ego. Cuando se decidió por fin a ser payaso eligió ser uno del tipo “vagabundo” que, a diferencia de los otros tipos de payasos (llamados “auguste” y “carablanca”) se caracteriza por su facha de colores oscuros y rostro tristón.
“Imaginate la cara que hacían las primeras personas que me contrataban. Muchos hacían gesto de desprecio, lo que era difícil para mí. Y los entiendo, yo fui el primer payaso de ese tipo, y en comparación con mis otros colegas que vestían pelo rojo y pompones, yo era una cosa rara; aquel payaso con aquella pinta no era fácil de asimilar. Pero luego de terminado mi show, y ver que la gente lo había disfrutado de verdad, me llenaba de satisfacción. Inclusive muchos de los que me habían contratado y que al principio habían hecho mala cara y hasta me habían dicho “payaso espantoso” venían a pedirme disculpas luego, y hasta me llegaban a pedir horas extras para que me quedara más tiempo o me contrataban para otros eventos.”

–¿Por qué vagabundo?
“Bueno, el payaso se da de acuerdo a la personalidad de quien lo concibe. He intentado hacer a Maurice carablanca y auguste y no funciona. Ahora él tiene vida propia y se niega a ser otra cosa que él mismo.”

¿Casa de payaso, cuchillo de globo?
Sagot admite que sin Nora, su esposa, no podría ser payaso. Ella lo apoyó desde el principio, cuando le anunció su decisión de convertirse en un personaje de fantasía. Nora es además quien diseña los trajes de Maurice y quien se encargaba de administrar la antigua compañía de payasos que ambos crearon, llamada “Funny Clowns”.
Sobre Sagot fuera de su traje de payaso, ella comenta que es la contraparte del personaje, pues no lo considera tan gracioso. “Se transforma con el traje, no sé de dónde le sale la gracia que ni tiene sin maquillaje”, asevera en un intento de fastidiar en broma a su marido.
Sus hijos, en cambio, tienen opiniones distintas del oficio de su padre. Gabriel, quien es el mayor, tiene dieciséis años, y Maurice es casi su hermano, pues el personaje surgió cuando él era apenas un bebé de un año; no es de extrañar, por tanto, el que considere el trabajo de su papá como algo natural y que defiende con ahínco. Hace nueve años, con ocasión de un reportaje en la revista “Niños”, respecto a papás con oficios poco comunes, Gabriel respondió: “La oficina de mi papá está en los parques y las fiestas. Su profesión no tiene precio. Su paga es la sonrisa de los niños”.
Sagot observa con diversión la actitud tan disímil de su progenie, pues cuenta que cuando le hacía algún globo a Gabriel de niño, luego, al quitarse el maquillaje y el traje de payaso, su hijo venía contento a mostrarle lo que Maurice le hizo. En cambio su hija menor, Monserrat, de cinco años, cuando lo ve vestido de payaso no hace distinción alguna y lo sigue llamando “papi”.
Ahora bien, cuando se trata de las fiestas para sus hijos, han sido muy pocas las ocasiones en que se ha vestido como Maurice, pues su esposa no se lo permite: “Necesito que me ayude con la fiesta, no quiero estar sirviendo yo sola. Ahí que se deje de payasadas y colabore con los invitados”.

Ser payaso es cosa seria
“Cuando me contratan pienso que quien lo hace me está abriendo la puerta de su casa para un evento de los más importantes: el cumpleaños de su hijo. Yo imagino el esfuerzo económico y la confianza puesta en mí para hacer un buen show que haga que al final diga que valió la pena el esfuerzo. El payaso no es una necesidad, es un lujo; y yo como papá sé lo que cuesta una fiesta.”
La actitud que toma Sagot antes de convertirse en Maurice es divertirse él mismo, por lo que procura olvidarse de cualquier problema o asunto que se lo impida. Él es claro de que el show debe continuar.
Considera además de que ser payaso es tan importante como ser doctor, abogado o arquitecto.
“Una vez hice una fiesta. La señora que organizó me agradece y me da un beso en la mejilla y me dice: “gracias”. Le pregunto que gracias por qué, y me cuenta: “Hace un mes no me reía porque me detectaron cáncer de mama. Hoy vi que podía reírme de la vida, y eso se lo debo a usted.” Son esas cosas las que le dan un significado espiritual a lo que hago.”
Sagot ve todo esto como evidencia de las palabras de Jacque Laclerque, un payaso estadounidense con título de Master Clown, quien le enseñó que “el propósito principal de un payaso es hacer reír a su público. Pero un buen payaso puede hacer mucho más que eso.”
Lo entendió años después cuando, en un evento, al finalizar el espectáculo y despedirse con las palabras “hasta la próxima”, se le acercó un niño de unos cinco años y le dijo: “No diga hasta la próxima porque yo tengo Sida y no sé si te voy a volver a ver porque me voy a morir. Pero gracias por ser mi amigo”. Era una actividad de la Fundación Vida, que trata niños con Sida, y en la que, por tratarse de un evento benéfico Maurice no cobró un céntimo, pero asegura que la paga fue esa gran enseñanza y la confirmación de las palabras de Laclerque.
Lo segundo que aprendió del Master Clown fue que aunque no se sea el mejor se debe luchar por serlo. Sagot se lo ha tomado tan a pecho con su personaje Maurice, que actualmente es uno de los nombres más importantes entre los payasos costarricenses. Se ha convertido en un ícono, entre otras cosas, por su habilidad con los globos y con el maquillaje de fantasía. Entre sus muchas distinciones, la que más aprecia es el rostro de un niño cuando ríe o se sorprende por los diseños que le estampa en su rostro o brazo. Sagot (o Maurice, pues es difícil distinguir quién lo dice) asegura que para él eso no es ningún cliché decir que lo mejor es “cuando se les salen las lágrimas de reír sin que les hayás faltado el respeto”.
Entre las innumerables anécdotas cuenta la de un señor anfitrión que contrató a Capitán, el personaje de su hermano Jean Paul, quien no pudo asistir al evento, por lo cual envió a Maurice. El hombre, al ver llegar a un payaso que no era el que él había elegido, y además con apariencia de vagabundo, empezó a humillarlo delante de los invitados a la fiesta. Para evitar más insultos, Maurice se ofreció a no cobrarle el show en caso de que no le gustara. Al finalizar y ver el efecto provocado en todos los invitados, el señor se disculpó delante de todos los presentes y aseguró haber estado muy orgulloso del trabajo de Maurice, al punto de que, de haberlo conocido antes, lo hubiera contratado para muchos otros eventos pasados.
“Otro señor, al que le he organizado las fiestas de sus hijos y nietos durante años, me pidió uno de mis trajes y lo mandó a enmarcar como parte de los recuerdos de sus pequeños que ya crecieron.”
–Es inevitable verte orgullo en la cara cuando contás eso.
“En realidad de lo que más me enorgullezco es del efecto que soy capaz de conseguir cuando la gente ríe”.
–¿Qué es lo difícil de este arte?
“La espontaneidad. Pero una espontaneidad que funcione, que haga reír. Un payaso no se aprende un guión ni nada por el estilo. Sale a matar o a morir.”
–¿Y qué es lo más sacrificado?
“Bueno, lo que tiene todo trabajo independiente. Pero además de eso: que trabajo cuando todos descansan. Además, nunca me han invitado a una fiesta; a Maurice sí, a miles; pero no a mí. Fue apenas hace un mes que un señor a quien siempre le he hecho las fiestas de sus hijos me pidió que le recomendara otro payaso para variar este año la actividad. Yo comprendí la situación, pero luego me dijo que era porque además me quería de invitado. Fue tremendo aquello porque entendí la importancia que tenía dentro de su familia. De hecho no me conocen sin maquillaje, va a ser gracioso aquello.”
–¿Y la característica más común de Maurice?
“La paciencia. Es indispensable para ser un buen payaso. Los detalles también”
Y es que todo, hasta los gestos menos sospechados, forman parte de un protocolo que Maurice, como payaso profesional, cuida. La manera de abrazar a un niño, de saludarlo, de darle un beso, de invitar a uno tímido a que se acerque, de sentarlos en la silla para pintarlos. Todo tiene su truco para que ellos se sientan a gusto y además, para generarles a los padres confianza en el modo en que el payaso los trata. Maurice, no sólo sabe bien cómo hacerlos reír, sino cómo tratarlos con respeto.

–¿Qué quieres que te dibuje?
–La Sirenita, en el cachete.
Maurice la convence de hacerse pintar en el brazo.
–Así te queda más bonita porque te hago un castillo de fondo.
La niña abre los ojos emocionada y accede.
–Nada más dame un chance para tomarme un trago de café.
Maurice rompe el protocolo de los payasos que incluye no comer ni beber en público; pero son las 6: 25p.m. y ha estado pintando desde las 2:00 p.m. Cuando bebe arruga la cara.
–Está frío y sabe a pintura.
Y es que la taza de café está al lado del agua de los pinceles, que también se ha vuelto café de estarlos limpiando.
–Siempre me confundo. Ya no sé cuál es cuál –comenta. Si es broma o no, es difícil saberlo; pero no es de extrañar pues el café se lo trajeron hace bastante rato y es ahora cuando tomó el primer sorbo, ya que el trabajo de pintar a los niños no ha cesado un minuto.
Luego de veinte minutos termina la pintura de la niña. En promedio dura eso con cada niño, y no por eso las filas disminuyen, pues sus diseños son tan detallados que los chicos hacen esperar a sus padres el tiempo que sea con tal de que Maurice les estampe un “Spiderman”, algún personaje de “High School Musical” o uno original del propio niño; algunos optan por transformar completamente sus rostros en alguna mariposa o un animal feroz.
–De bodypainting van a pasar al tattoo en unos diez años –dice en broma.
Finalmente le da los toques finales a la niña, haciéndole una corona de escarcha en la frente. La niña le pregunta si se ve bonita.
–Preciosa –se despide de ella quien, radiante, se marcha con su padre.

“Son esos gestos los que la gente agradece y los que trato de que me conviertan en un gran payaso. No soy el mejor, pero al igual que Leclerque, trato de serlo.”

miércoles, 21 de julio de 2010

El nuevo flaco

“¡Qué bueno que te hiciste esa operación! ¡Felicidades!”, me dicen en derredor.
Yo sonrío; es grato ver la cara de sorpresa y alegría de quienes me conocían gordo y ahora observan con gusto mi nueva y mejorada apariencia. Pero por otra parte, tengo un dejo de resentimiento cuando les veo tal regocijo. Trato de recordar cómo eran sus rostros al ver mi anterior enormidad, pero no logro recordarlos. No puedo o no quiero; es más satisfactorio celebrar este nuevo y definitivo triunfo: triunfo que no es fácil sostener.
¿O qué, se creían ustedes que solo era cuestión de comprar ropa de menor talla y ya? ¡Qué va! Si para tener un puesto de honor en la patria de los delgados hay que invertir mucho. Para alguien como yo, que no es nativo de esta tierra, ser un nuevo flaco implica buscar el modo de resaltar con algo que no sea tan humillante como ser únicamente recordado por ser un cerdo rehabilitado. Se necesita ser elegante, fashionista, atrevido; lograr borrar toda sombra que recuerde que fui una voluminosa masa de mal gusto. Ya no más, he ahí lo difícil de esto.
Los que creían que ahora me ahorro millones con lo que ya no como, deben reflexionar que ese gasto ha pasado a ese otro rubro estilístico. Y no se extrañen, porque, ¿acaso alguno de ustedes, con un sueldo ahora mayor, puede decir que tiene más dinero para ahorrar? ¿No les sucede que surgen mágicamente nuevos gastos que hacer; gastos que casi siempre se deben a lo costoso de sostener el nuevo estatus? Pues si les ha pasado estarán de acuerdo conmigo.
Hubo alguien que intentó venderme la convicción de que por salud fue lo mejor que pude hacer. ¡Idiota! ¡Salud! ¡Si supiera! Si tan sólo viera lo que invierto en psicólogos y lo mucho que los necesito y a sus antidepresivos, no me vendría con que la salud y que no sé qué y que no sé cuánto. Yo sacrifiqué la salud mental por la de mi cuerpo. Pero es un sacrificio que no hace cualquiera, porque comer como ballena es delicioso, aunque lo haga sentir a uno remordimientos; pero jamás tantos fantasmas como los de acostarse en la noche, luego de haberse mirado treinta minutos al espejo agradecido con la vida y orgulloso de la decisión de haberse operado, y al cerrar los ojos, ver aparecer otro espejo –mi analista dice que es el de mi inconsciente–. En ese espejo maldito me veo reflejado con toda mi gordura, con mi flacidez y redondez, con mi mal vestir, con la piel grasosa y el pelo hecho un desastre; en fin, sin ninguno de mis nuevos atributos y sí con todos mis defectos. Me miro y trato de gritar pero no me oigo, ningún sonido sale de mí. Mi reflejo me muestra desnudo, con esa ridícula y asquerosa figura, oyendo voces que se mofan, voces sin rostro que me punzan con sus carcajadas.
Y despierto agitado, sudando, sollozando fuertemente y buscando mi inhalador por todos lados, pero recordando luego que un día lo lancé a la basura porque me recordaba mi antiguo yo, ese ser débil y repulsivo, y no este nuevo, exitoso y radiante, que gracias a trucos quirúrgicos ocupó un lugar de privilegio en la sociedad, y que no puede jugarse el chance de perderlo, pues sería mi ruina total y el verdadero acabóse para mi alma.
Así que no venga ningún idiota con que la salud, que el ahorro, que la autoestima y otras mierdas; porque estar donde yo estoy no es fácil. Y si me preguntan que por qué me operé entonces, que se deje de güevonadas y ojalá estuviera en mi lugar para que supiera que, pese a todo, son sacrificios necesarios para ser alguien en este mundo, irónicamente redondo, de gente plana.

martes, 6 de julio de 2010

De Lost y los finales abiertos

Recientemente terminó la serie Lost. El tan ansiado final quedó, para muchos, debiendo. Como nunca tuve la oportunidad de ver la serie completa, no me desesperé por no perderme el final, ya que para hacerlo me hace falta ponerme al día en muchos detalles de la trama; no daré, por tanto, un juicio de un capítulo que no he visto. La razón que me motiva a escribir es acerca de la actitud presente en los comentarios que han aparecido en Internet por parte de los fans, pues tanto críticos como devotos de la serie especularon mucho sobre el contenido del episodio último. Aunque hay quienes aseguran que el cierre de la trama cumple, son los más los que despotrican por un final que dejó a todos con casi las mismas dudas que han ido teniendo durante el avance de la serie, ya que es poco lo que esos últimos minutos resolvieron en cuestión a esas vitales incógnitas que los seguidores de la serie fueron formulando acerca del pasado y porvenir de los personajes y al supuesto hilo que parecía conectarlos.

Repito que como no he visto la serie completa ni el susodicho capítulo me abstengo de comentarios al respecto, por lo cual no puedo salir en defensa o al ataque del tal final; es más, le concedo al verdadero fanático el beneficio de la auténtica destrucción o reivindicación del clímax del serial. Quiero más bien reflexionar sobre ese extraño sentido que ansiosamente buscamos en todo. Tanto en el caso de las series, películas, poemas, novelas, obras teatrales, como en cualquier episodio de nuestra vida hemos de estar especulando en busca de un sentido profundo, no evidente, connotado y totalmente explicativo de las razones que mueven las cosas. De ese fin que con el que seremos capaces de entenderlo todo, esa explicación absoluta de todas las circunstancias.

Y es que nos encantan los finales cerrados. Nos encantan porque nos dicen que todo tiene un sentido completo, que todo responde a un propósito que no deja nada al azar. Nos agrada esa ilusión de seguridad que genera el pensar que existe una mente creativa que ha pensado todo con anticipación y que le ha instaurado un lugar a cada elemento, de manera que no haya ninguno al azar. El final abierto, por el contrario, nos asusta, porque no existe entonces una explicación totalmente racional, porque pareciera decirnos que hay fuerzas descontroladas que nos dominan y nos llevan para ninguna parte. Lamentablemente para los detractores de este segundo tipo de finales, la vida pareciera decirnos constantemente que ella es más bien como un enorme final abierto, donde las respuestas carecen y las dudas son las más. La vida en sí misma no da respuestas, solo sucesos, que suelen ser para nosotros preguntas más que conclusiones.

Tenemos, claro que sí, derecho a buscar respuestas, a formular preguntas e insistir una y otra vez en descubrir explicaciones mediante el método que consideremos más apropiado: intuición, fe, razón. Pero una vez hallado (si es que es posible) un sentido, deberemos entender que será la explicación que nosotros queramos darles a los acontecimientos, no la que estos mismos dan, porque nunca lo hacen; ellos no se explican, ellos solo ocurren, es a nosotros a los que nos concierne el encajarlos dentro del fundamento ideológico que consideremos conveniente; eso es parte de nuestra naturaleza. Cuando estos hechos tienen apariencia de respuestas, sería sensato no olvidar que ellos no son respuestas en sí mismos, sino que somos nosotros quienes le damos ese carácter. Por tanto, toda interpretación de los signos de la vida es nuestra interpretación, y toda lectura sobre ellos será siempre más o menos ilusoria. Ahora bien, el problema no es, su condición de ilusoria, sino el que no estemos conscientes de ello.

Así pues (con posibilidades de equivocarme), creo que si es cierto que en el último capítulo de Lost siguen quedando dudas al aire y las explicaciones no fueron suficientes, la serie hace justicia al no amarrar todo a una única interpretación, porque nada tiene un único sentido, sino que estos se mueven, se desplazan, se esconden y dispersan, y he ahí entonces que nuestra labor se llama quizás especulación. Ese es nuestro arte supremo: especular. Solo los espíritus débiles desean las respuestas servidas y un sentido que no haya que descubrir sino que esté ahí, tan evidente que no haya que descifrarlo. Ya que, siguiendo el mito bíblico, nos apoderamos del don de interpretar por nuestra cuenta la verdad al comer del fruto de la ciencia, usémoslo pues; ya que desde un principio Eva y Adán renegaron de entender el mundo desde Dios (es decir, desde una autoridad dogmática) es claro que, para bien o para mal, nuestro destino es ver por nosotros mismos, aún cuando carguemos con la angustia existencial que nos perseguirá por siempre.

Y habrá (porque los hay) quienes piensen que el ser humano solo encontrará paz cuando retorne a aceptar una explicación única y total, y además ajena a sí mismo(simbolizada en el papel de Dios, continuando con la lectura del relato del Génesis) para entender el mundo y se arrepienta de su soberbia. Son los mismos que con gusto irían donde el autor de la novela para pedirle que les explique lo que ha escrito (quieren el texto y su explicación adjunta), o donde el guionista y director para que les diga de qué se trata realmente la serie, y si ellos estaban o no equivocados para ir a contárselo a sus amigos y que se dejen así de güevonadas, que no saben nada, que todo es pura hablada y que mejor se callen porque ellos sí saben, porque fueron a preguntarle a los que sabían. Solo que el director o productor, o guionista, o a lo mejor solo creativo, o ni eso, del universo está muy ocupado o no entiende nuestro primitivo lenguaje y nos seguirá tocando arreglárnosla a nuestra manera porque la serie es una y él no tiene interés en seguir produciendo más capítulos, ya que no cree en secuelas.

Publicado en Revista Paquidermo