martes, 6 de julio de 2010

De Lost y los finales abiertos

Recientemente terminó la serie Lost. El tan ansiado final quedó, para muchos, debiendo. Como nunca tuve la oportunidad de ver la serie completa, no me desesperé por no perderme el final, ya que para hacerlo me hace falta ponerme al día en muchos detalles de la trama; no daré, por tanto, un juicio de un capítulo que no he visto. La razón que me motiva a escribir es acerca de la actitud presente en los comentarios que han aparecido en Internet por parte de los fans, pues tanto críticos como devotos de la serie especularon mucho sobre el contenido del episodio último. Aunque hay quienes aseguran que el cierre de la trama cumple, son los más los que despotrican por un final que dejó a todos con casi las mismas dudas que han ido teniendo durante el avance de la serie, ya que es poco lo que esos últimos minutos resolvieron en cuestión a esas vitales incógnitas que los seguidores de la serie fueron formulando acerca del pasado y porvenir de los personajes y al supuesto hilo que parecía conectarlos.

Repito que como no he visto la serie completa ni el susodicho capítulo me abstengo de comentarios al respecto, por lo cual no puedo salir en defensa o al ataque del tal final; es más, le concedo al verdadero fanático el beneficio de la auténtica destrucción o reivindicación del clímax del serial. Quiero más bien reflexionar sobre ese extraño sentido que ansiosamente buscamos en todo. Tanto en el caso de las series, películas, poemas, novelas, obras teatrales, como en cualquier episodio de nuestra vida hemos de estar especulando en busca de un sentido profundo, no evidente, connotado y totalmente explicativo de las razones que mueven las cosas. De ese fin que con el que seremos capaces de entenderlo todo, esa explicación absoluta de todas las circunstancias.

Y es que nos encantan los finales cerrados. Nos encantan porque nos dicen que todo tiene un sentido completo, que todo responde a un propósito que no deja nada al azar. Nos agrada esa ilusión de seguridad que genera el pensar que existe una mente creativa que ha pensado todo con anticipación y que le ha instaurado un lugar a cada elemento, de manera que no haya ninguno al azar. El final abierto, por el contrario, nos asusta, porque no existe entonces una explicación totalmente racional, porque pareciera decirnos que hay fuerzas descontroladas que nos dominan y nos llevan para ninguna parte. Lamentablemente para los detractores de este segundo tipo de finales, la vida pareciera decirnos constantemente que ella es más bien como un enorme final abierto, donde las respuestas carecen y las dudas son las más. La vida en sí misma no da respuestas, solo sucesos, que suelen ser para nosotros preguntas más que conclusiones.

Tenemos, claro que sí, derecho a buscar respuestas, a formular preguntas e insistir una y otra vez en descubrir explicaciones mediante el método que consideremos más apropiado: intuición, fe, razón. Pero una vez hallado (si es que es posible) un sentido, deberemos entender que será la explicación que nosotros queramos darles a los acontecimientos, no la que estos mismos dan, porque nunca lo hacen; ellos no se explican, ellos solo ocurren, es a nosotros a los que nos concierne el encajarlos dentro del fundamento ideológico que consideremos conveniente; eso es parte de nuestra naturaleza. Cuando estos hechos tienen apariencia de respuestas, sería sensato no olvidar que ellos no son respuestas en sí mismos, sino que somos nosotros quienes le damos ese carácter. Por tanto, toda interpretación de los signos de la vida es nuestra interpretación, y toda lectura sobre ellos será siempre más o menos ilusoria. Ahora bien, el problema no es, su condición de ilusoria, sino el que no estemos conscientes de ello.

Así pues (con posibilidades de equivocarme), creo que si es cierto que en el último capítulo de Lost siguen quedando dudas al aire y las explicaciones no fueron suficientes, la serie hace justicia al no amarrar todo a una única interpretación, porque nada tiene un único sentido, sino que estos se mueven, se desplazan, se esconden y dispersan, y he ahí entonces que nuestra labor se llama quizás especulación. Ese es nuestro arte supremo: especular. Solo los espíritus débiles desean las respuestas servidas y un sentido que no haya que descubrir sino que esté ahí, tan evidente que no haya que descifrarlo. Ya que, siguiendo el mito bíblico, nos apoderamos del don de interpretar por nuestra cuenta la verdad al comer del fruto de la ciencia, usémoslo pues; ya que desde un principio Eva y Adán renegaron de entender el mundo desde Dios (es decir, desde una autoridad dogmática) es claro que, para bien o para mal, nuestro destino es ver por nosotros mismos, aún cuando carguemos con la angustia existencial que nos perseguirá por siempre.

Y habrá (porque los hay) quienes piensen que el ser humano solo encontrará paz cuando retorne a aceptar una explicación única y total, y además ajena a sí mismo(simbolizada en el papel de Dios, continuando con la lectura del relato del Génesis) para entender el mundo y se arrepienta de su soberbia. Son los mismos que con gusto irían donde el autor de la novela para pedirle que les explique lo que ha escrito (quieren el texto y su explicación adjunta), o donde el guionista y director para que les diga de qué se trata realmente la serie, y si ellos estaban o no equivocados para ir a contárselo a sus amigos y que se dejen así de güevonadas, que no saben nada, que todo es pura hablada y que mejor se callen porque ellos sí saben, porque fueron a preguntarle a los que sabían. Solo que el director o productor, o guionista, o a lo mejor solo creativo, o ni eso, del universo está muy ocupado o no entiende nuestro primitivo lenguaje y nos seguirá tocando arreglárnosla a nuestra manera porque la serie es una y él no tiene interés en seguir produciendo más capítulos, ya que no cree en secuelas.

Publicado en Revista Paquidermo

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