“¡Qué bueno que te hiciste esa operación! ¡Felicidades!”, me dicen en derredor.
Yo sonrío; es grato ver la cara de sorpresa y alegría de quienes me conocían gordo y ahora observan con gusto mi nueva y mejorada apariencia. Pero por otra parte, tengo un dejo de resentimiento cuando les veo tal regocijo. Trato de recordar cómo eran sus rostros al ver mi anterior enormidad, pero no logro recordarlos. No puedo o no quiero; es más satisfactorio celebrar este nuevo y definitivo triunfo: triunfo que no es fácil sostener.
¿O qué, se creían ustedes que solo era cuestión de comprar ropa de menor talla y ya? ¡Qué va! Si para tener un puesto de honor en la patria de los delgados hay que invertir mucho. Para alguien como yo, que no es nativo de esta tierra, ser un nuevo flaco implica buscar el modo de resaltar con algo que no sea tan humillante como ser únicamente recordado por ser un cerdo rehabilitado. Se necesita ser elegante, fashionista, atrevido; lograr borrar toda sombra que recuerde que fui una voluminosa masa de mal gusto. Ya no más, he ahí lo difícil de esto.
Los que creían que ahora me ahorro millones con lo que ya no como, deben reflexionar que ese gasto ha pasado a ese otro rubro estilístico. Y no se extrañen, porque, ¿acaso alguno de ustedes, con un sueldo ahora mayor, puede decir que tiene más dinero para ahorrar? ¿No les sucede que surgen mágicamente nuevos gastos que hacer; gastos que casi siempre se deben a lo costoso de sostener el nuevo estatus? Pues si les ha pasado estarán de acuerdo conmigo.
Hubo alguien que intentó venderme la convicción de que por salud fue lo mejor que pude hacer. ¡Idiota! ¡Salud! ¡Si supiera! Si tan sólo viera lo que invierto en psicólogos y lo mucho que los necesito y a sus antidepresivos, no me vendría con que la salud y que no sé qué y que no sé cuánto. Yo sacrifiqué la salud mental por la de mi cuerpo. Pero es un sacrificio que no hace cualquiera, porque comer como ballena es delicioso, aunque lo haga sentir a uno remordimientos; pero jamás tantos fantasmas como los de acostarse en la noche, luego de haberse mirado treinta minutos al espejo agradecido con la vida y orgulloso de la decisión de haberse operado, y al cerrar los ojos, ver aparecer otro espejo –mi analista dice que es el de mi inconsciente–. En ese espejo maldito me veo reflejado con toda mi gordura, con mi flacidez y redondez, con mi mal vestir, con la piel grasosa y el pelo hecho un desastre; en fin, sin ninguno de mis nuevos atributos y sí con todos mis defectos. Me miro y trato de gritar pero no me oigo, ningún sonido sale de mí. Mi reflejo me muestra desnudo, con esa ridícula y asquerosa figura, oyendo voces que se mofan, voces sin rostro que me punzan con sus carcajadas.
Y despierto agitado, sudando, sollozando fuertemente y buscando mi inhalador por todos lados, pero recordando luego que un día lo lancé a la basura porque me recordaba mi antiguo yo, ese ser débil y repulsivo, y no este nuevo, exitoso y radiante, que gracias a trucos quirúrgicos ocupó un lugar de privilegio en la sociedad, y que no puede jugarse el chance de perderlo, pues sería mi ruina total y el verdadero acabóse para mi alma.
Así que no venga ningún idiota con que la salud, que el ahorro, que la autoestima y otras mierdas; porque estar donde yo estoy no es fácil. Y si me preguntan que por qué me operé entonces, que se deje de güevonadas y ojalá estuviera en mi lugar para que supiera que, pese a todo, son sacrificios necesarios para ser alguien en este mundo, irónicamente redondo, de gente plana.
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