jueves, 17 de febrero de 2011

Si Dios no existe...

“Si Dios no existe, todo está permitido”, es la premisa de Iván, uno de los protagonistas de la magnífica novela de Fiodor Dostoievsky “Los Hermanos Karamazov”. La ya legendaria frase le sirvió de inspiración a Friedrich Nietzsche para asegurar que “Dios ha muerto”.
Son muchos (quizás mayoría por estos lares) quienes consideran inconcebible un mundo sin Dios, primeramente, porque les parece poco factible un mundo sin el sostén de un creador y regulador que, superior a lo creado, contiene en sí mismo todo lo existente (el ser). A ellos ya hace mucho que Charles Darwin con su Teoría de la Evolución hizo ver que sí existía la posibilidad de concebir el mundo sin Dios. Aceptable o no, lo cierto es que rompió el tabú, tal y como lo hiciera Tales de Mileto varios siglos antes, de explicar el mundo desde una causa divina y sobrenatural.
Esta no es una apología ni un cuestionamiento sobre la existencia de un ser supremo, sino sobre las motivaciones del accionar de los hombres al margen del concepto judeocristiano de Dios. Concepto desde el que ateísmo y agnosticismo suelen ser sinónimos de impiedad, de maldad implícita, pues suele asumirse que quien no cree en Dios o duda de su existencia, necesariamente se entrega a comportamientos fuera de toda ética. Poco necesario parecería decir que tal base no es un axioma, sin embargo no comentaría esto sino existieran casos en los que se da por sentado que carecer del concepto de Dios, con el culto implícito que las religiones exigen, es un grave delito que, de aumentarse, podría llevar a la humanidad a un caos.
Equiparar a Dios como depositario absoluto de la bondad, verdad, justicia, moral y otros valores supremos suele parecer evidente. No obstante no es vano recordar que en muchísimas ocasiones quienes han sido defensores de este ente portador de valor, han manchado con sus acciones los conceptos inherentes a la deidad que adoran. Y, por supuesto, existen incontables casos de personas que, careciendo de una creencia en el dios judeocristiano, proyectan actitudes y hechos acordes con las morales más universales.
“Esto se puede lograr creyendo en Dios”, refutará cualquier creyente (Pascal). Cierto y no. Porque no son los valores en sí lo que la inmensa mayoría de los creyentes suelen defender, ni su utilidad. No es: “No matar”, “No robar”, “Respetar”, “Ser sinceros”, lo que se suele predicar, sino que, en el fondo, los verdaderos motivos que llevan a muchos a respetar los valores morales no son sino el temor al castigo y el deseo de recompensa.
El terrible miedo a vivir una eternidad de suplicio y tortura en una posible vida postrera es lo que mueve los actos de “bondad” y las omisiones a la “maldad”. Son las ansias de reconocimiento (ante Dios) y el temor al castigo el motor de la moral de casi todos los creyentes. “No juzgo para que Dios no me juzgue”, “No mato para que Dios no me envíe al infierno”, “Ayudo a los necesitado para que Dios me lleve al cielo”. Incluso los pertenecientes a la fe protestante, que defienden la gracia (gratis) de la salvación, aduciendo que no son los buenos actos los que salvan el alma, no se desligan de la obligación de seguir los ordenamientos nazarenos, mosaicos y paulinos. Los siguen por temor a la desobediencia de Dios, al incumplimiento de “su palabra”, a la exclusión de los premios celeste; la razón de su comportamiento piadoso es mero interés.
“Pues claro”, me seguirán refutando, “todos buscamos un beneficio por nuestras acciones”. Quizás. Pero lo cierto es que, el tener constantemente presente ese beneficio (máxime si este es eterno), reduce la posibilidad de pensar de manera consciente en el beneficio terrenal, material, tangible, presente, de un comportamiento adecuado. Distinto sería si, quien se adhiere a un (llamémosle) camino de rectitud, lo hiciera con la consciencia de su utilidad y se entregara a su defensa en respuesta a esa misma utilidad (la bondad entendida como modo de crecer en conjunto, no como medio para ganar el favor divino). Ya en otras ocasiones no ha sido la dupla bien y verdad la que marca la pauta, sino más bien la masacre de propios y extraños o la entrega de riquezas materiales los medios para adquirir un nicho en el cielo, según los lineamientos que los “emisarios de Dios” consideren de su conveniencia.
Cuando Iván Karamazov asume que si los seres humanos se percatan de que Dios no existe, entrarían en la más absoluta de las anarquías, discute no la existencia misma de Dios, pero sí lo que este representa en la sociedad como tabú fundamental para un ordenamiento universal. De ahí que proponga que, de no existir Dios, será menester inventarlo; esto es, inventar la sanción reguladora. Alimentado por esta inquietud, Nietzsche infiere que debería llegar un momento en los seres humanos no requieran de un tabú para hacer suyos los valores ordinales de la sociedad, razón por la cual proclama la muerte de Dios como modo de acceder a los valores necesarios para la sociedad, sin caer en tabúes psicológicos.
He ahí entonces que, a diferencia del creyente, el agnóstico o ateo que se comporta éticamente, no lo hace en busca del reconocimiento o para huir de oprobio alguno. Lo hace porque es consciente, porque ha asimilado la importancia de los valores que vive y cree en ellos, ya que es capaz de ver sus resultados. El ateo tiene fe, sí, en sí mismo y en el mundo. Mundo que no es perfecto, pero que con un modo de vivir ético se hace más llevadero y nos acerca a esa idea suprema que todos aspiramos: la felicidad.
Dijo el Buda Gautama: “Haya o no Dios, nada impedirá que yo sea compasivo”. Es la certeza verdadera, no del premio, sino de la piedad propiamente y su importancia. Si Dios no existe, pero existe la ética en el mundo, no es verdad que todo lo malo será permitido, no es verdad que los no-creyentes vayan a entregarse a toda clase de maldades. Carencia del personaje Dios no significa carencia de los valores que representa su ideal.