Finalmente el MEP decidió hacer algo respecto al sistema de enseñanza de la literatura. Por fortuna no lo hizo solo, sino que tuvo la humildad de asesorarse con las universidades, en las que constantemente se discute respecto a los resultados de la metodología usada en secundaria para estudiar textos literarios. Pero no se debe creer que la sustitución de las lecturas sea mayor logro. Hay otros cambios por realizar si se quieren resultados verdaderos en el ejercicio de acercar a los estudiantes a la lectura y, sobre todo, a la literatura.
Primeramente, concuerdo en que no debe existir un canon de lecturas obligatorias. Me parece acertado que haya, más bien, listas de opciones, pues ningún lector real lee por obligación, sino que siempre tiene ante sí una gama de títulos, géneros, autores, movimientos y temas a escoger. Pero así como no creo en la obligatoriedad de las lecturas, tampoco creo en la restricción, y considero poco acertado haber cercenado la segunda parte del Quijote de la lista de quinto año; debió, en cambio, mantener una categoría de opcional, tal como lo tiene la primera, pues El Quijote es las dos partes, y es inapropiado pensar que se puede comprender una obra leyendo la mitad. Soy de la misma opinión respecto a varias de las lecturas anteriores: creo que debieron mantener también la categoría de opcionales, es decir, viables. No haberlo hecho fue como disminuir su valía frente a los nuevos títulos propuestos, cosa discutible.
Pero el motivo más profundo de este artículo es otro. El 1 de octubre del 2009 comenté en La Nación que uno de los grandes problemas de la enseñanza de la literatura es la falta de relación que logra hacer el lector adolescente entre eso que lee y su experiencia de vida. Afirmaba que más allá de los textos a estudiar, el problema a enfrentar es el modo de acercarse a ellos. Empezando porque el acto de leer no es algo natural y es más bien todo un ejercicio que requiere de un esfuerzo mental muchas veces profundo. Cuando se lee no solamente se interpretan signos fónicos, sino que estos llevan una carga semántica que es la que le da sentido al acto de leer; es decir, que no es solo relacionar un signo con su sonido, sino con un significado; en el caso de la literatura, dicho significado es complejo y propio: es aquello de lo que solo la literatura puede hablarnos.
Metodología inadecuada. Así entonces, nuestro sistema educativo peca gravemente en el análisis de las obras literarias, pues en muchos casos el texto es únicamente una ejemplificación de los modelos gramaticales o literarios vistos en clase, y no un propósito en sí. No se lee una novela, cuento o poema por la obra misma, sino como referente para encontrar figuras retóricas, movimientos literarios o contextos sociopolíticos, y el mensaje propio del texto se evita; aún más: el texto mismo pasa ignorado la mayoría de las veces pues, “¿para qué leer una novela larga como el Quijote si finalmente solo me harán dos preguntas al respecto y casi siempre irrelevantes?”, comentan muchos estudiantes.
Y es que leer la obra suprema de Cervantes para responder cuál era el nombre de la amada ideal de Alonso Quijano es una ofensa a esa novela. Un estudiante no requiere en lo absoluto la “tortura” de pasar la vista por centenares de páginas, seguir las múltiples historias ahí relatadas en un castellano algo arcaico y de difícil comprensión para la lengua actual, sobre un héroe de tan dudosa categoría, si finalmente solo deberá saber quién escribió esa obra, cuándo lo hizo, en cuántas partes se divide la novela, quiénes son los personajes principales y secundarios, a qué género responde y más o menos de qué trata la cosa. Diseccionar de esa manera un texto literario no lleva a la comprensión verdadera de él, así como separar en partes un cuerpo no nos revela el poder que le da vida y personalidad a eso que llamamos ser humano. Esa metodología es un insulto a la literatura y un ejercicio contraproducente, pues le dice al estudiante que la literatura es un accesorio, un pretexto para otras cosas más importantes.
Desafío. Entonces, cierto es que se puede estar a favor o no de la nueva selección de lecturas, pero con lo que no se puede continuar es con esa pretensión de seguir analizando los textos con el mismo sistema, uno que no favorece el compromiso con el análisis del mensaje de las obras. Este debe ser el nuevo desafío del Ministerio de Educación: que así como los profesores de matemáticas e inglés se han visto obligados a comprobar su competencia para enseñar la materia que tienen a su cargo, igualmente los profesores de español y literatura deben capacitarse nuevamente en áreas como la explicación de textos y análisis de mensajes, para que no sigan repitiendo fórmulas y paradigmas poco aptos para enamorar a un estudiante no solo del acto de leer, sino del encuentro con lo literario y su mensaje; para que descubran esos significados verdaderamente aplicables a la realidad que posee la literatura; para que ayuden a los estudiantes a hacerse preguntas a sí mismos de cara al texto, y luego hacerles preguntas al texto; conversar con él, discutir, enfrentarlo, debatir, cual es el propósito de la buena literatura: que el lector se descubra a sí mismo. Que descubra la vida.
Muy buen artículo, Rodrigo: oportuno y preciso, como debe ser. Felicitaciones por la publicación en LA NACIÓN.
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