El sábado 22 de mayo don Thelmo Vargas se refirió en el diario La Nación a uno de los pasajes bíblicos más interesantes: el primero y más trascendental de los actos de la humanidad, según la tradición judeocristiana: la comida del fruto del árbol de la ciencia. Don Thelmo nos dio una descripción de distintas vertientes de interpretación al tema de la “caída”. Trató, por ejemplo, el personaje de Lillith, bastante desconocido por el cristianismo. Empero, su enfoque estaba permeado de una visión cristiana, y no es mi reclamo el haberlo hecho desde esa su perspectiva. Mi intento es, más bien, ofrecer otro enfoque.
Empiezo primero por desdeñar toda interpretación de la mujer como provocadora de los males del mundo. Tanto Lillith como Eva intentan acceder al mundo sin otro intermediario que ellas mismas, y por eso son estigmatizadas. Lillith, nacida junto a Adán, es poseedora de los mismos derechos, pero es desprestigiada por su intento de dignidad. Eva, nacida del hombre, es la inversión de la ley natural en la que claramente es la mujer la engendradora del hombre y no al revés como “ilustra” (más bien oscurece) la tradición yahvista, autora del segundo relato de la creación del hombre. Esta interpretación, este desprestigio que se le hace a la mujer debería ser una visión ya desechada hace mucho. Eva y Lillith no son Pandora, traedora del mal (a quien podríamos también defender); ellas, por el contrario, son quienes abren la posibilidad de crecer, de madurar, de aprender por cuenta propia, de desarrollarse.
Ahora bien, esta no es una defensa de la mujer, sino del ser humano en total; una reivindicación de su derecho al discernimiento. Empecé defendiendo a Lillith y Eva pues son verdaderamente ellas las impulsadoras del desarrollo humano. Yo, tal y como lo entendí de un gran erudito cual lo fue Erich Fromm, no veo en el acto de Eva y Adán de comer del fruto prohibido una caída, sino una exaltación. Es claro en el relato que la serpiente fue la que tuvo razón: “No moriréis sino que sabréis distinguir lo bueno de lo malo”, cosa que en efecto sucedió. Esta es entonces una defensa también de la serpiente. La serpiente es un símbolo: representa el raciocinio, característica innata del ser humano. La serpiente es Prometeo.
Un psicoanalista como Fromm veía en el Jardín del Edén un símbolo del vientre materno, lugar apacible donde el feto se desarrolla solo entre sensaciones, pero que finalmente deberá ser expulsado para que se inserte en el mundo. La madre desearía retener para siempre a su bebé en sus entrañas, pero este sigue su instinto natural que lo hace salir hacia lo desconocido. Eva y Adán siguen su naturaleza y por más que Dios trate de impedirlo, ellos, por su cuenta (aunque siguiendo el consejo de la serpiente) rompen el tabú. Con ello, salen de su enajenamiento y comienzan su desarrollo y su autonomía. La mujer y el hombre comen, voluntariamente, para experimentar por sí mismos la realidad, sin intermediaciones.
Pero con esto, nos dice cierta tradición, los primeros padres atrajeron la muerte al mundo. Discutible. La muerte ya era parte del hombre. ¿Dónde, en el pasaje bíblico, se hace referencia a la inmortalidad de Adán y Eva? ¿No está Adán hecho de lodo, sustancia corruptible? Dios sopló en su nariz aliento de vida, es decir, capacidad divina, pero lo condenó a un cuerpo perecedero. Si hubiese sido Adán inmortal, ¿para qué sembraría Dios el otro árbol: el de la vida eterna?
Luego de haber probado el fruto del primer árbol, Dios expulsa A Eva y Adán del jardín, “no sea que coma también del árbol de la vida y, comiendo, viva eternamente”, pues de hacerlo tendría ambas naturalezas de Dios: conciencia y eternidad. Así, pues, el ser humano a través de los tiempos ha anhelado la inmortalidad, pero no como algo que tuvo y perdió, sino como cualidad de la que carece y cree necesitar para su total perfección. En mi caso, no lloro por un don que nunca tuvimos.
Y finalmente, si toda criatura pertenece a Dios, ¿por qué no pensar que la serpiente, al igual que el acusador del libro de Job, solo servían a un propósito divino, en el caso del reptil, el de sembrar la duda, madre de la razón; el de estimular el apetito del ser humano, como de niños nos estimula todo lo que nos rodea para que, aprehendiéndolo, nos desarrollemos? Para bien o para mal no comimos del fruto de la inmortalidad. Pero considero que ahí justamente el Génesis nos señala cuál es la única limitante del ser humano para su perfeccionamiento: nuestra mortal condición. Siempre ha sido así, desde el inicio. De no serlo, para qué Dios habría de poner un árbol que vuelve inmortales a quienes comen de su fruto. ¿Un árbol que no servía para nada pues ya éramos inmortales?
Si alguien se atreviera a decir que, en efecto, ya éramos inmortales y el árbol era un accesorio, yo refutaría, jineteando sobre su tesis, que el árbol de la ciencia también era accesorio, pues era claro que Eva ya estaba razonando cuando supo cuestionar la primera tergiversación que la serpiente le dio acerca de la prohibición divina. Ya estaba razonando, entonces, ¿cuál era su pecado si ya hacía uso de un don natural? No hay razón para condenar a Eva y Adán aún hoy en día. Ya los hemos condenado por siglos. Es hora de entender que su pecado no fue comer, es decir, acceder a la ciencia, sino, romper una ley absurda. Es decir, su “pecado” fue hacer lo mismo que hemos hecho los humanos en aras de nuestro perfeccionamiento: cuestionar aquello que no funciona e instaurar nuevas visiones.
Muy bien dicho. En esta misma línea, vale la pena leer CAÍN, la última novela de José Saramago, que aborda la problemática del origen del bien y el mal, desde la perspectiva de uno de los "condenados" de la tierra y la tradición judeo-cristiana occidental.
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